Reflexiones

Armonía

Lo que es demasiado duro se quiebra

y lo que es demasiado blando se dobla.

El Camino de los sabios

se halla justo entre la dureza y la blandura.

La benevolencia llevada demasiado lejos

se convierte en debilidad;

la severidad llevada demasiado lejos

se convierte en ferocidad;

el amor llevado demasiado lejos

se convierte en permisividad;

el castigo llevado demasiado lejos

se convierte en calamidad…

He ahí la importancia de la armonía.

(Lao Tse)

 

Jesús de Nazaret

El Reino de Dios

    Jesús invita al ser humano a procurar el “Reino de Dios”: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá por añadidura. Además, Jesús predicaba que el Reino de Dios ya está entre vosotros (o también dentro de vosotros); en cualquier caso, hablaba del “Reino de Dios” como algo cercano y accesible, y no como algo lejano e inaccesible.

    Sin embargo, ¿qué es el “Reino de Dios”?

    Esta expresión puede interpretarse de distintas maneras: puede referirse al Poder de Dios sobre todas las cosas, o a la acción de Dios en el mundo (por lo cual dice Jesús en el “Padre Nuestro”: Venga a nosotros tu Reino); o como señala Leonardo Boff: El Reino de Dios es un proceso que se va realizando a medida que el ser humano cambia su mente y su corazón; o puede referirse a un estado de conciencia, o al Ideal Crístico, es decir, el ideal basado en las enseñanzas y valores que Jesús transmitió: amor, solidaridad, espiritualidad, etc.; pues recordando aquello que expresó Jesús: El Padre y yo somos Uno, entonces el “Reino de Dios” es también el “Reino de Cristo”.

    Por tanto, buscar o procurar el “Reino de Dios” significa permitir que la espiritualidad, el amor, la solidaridad, etc., reinen en nuestro corazón, en nuestra mente, en nuestra vida, dentro de nosotros y entre nosotros.

Reflexiones

Espíritu y Respiración

    Hay diversos estudios que resaltan la importancia de respirar adecuadamente, ya que esto coadyuva al bienestar general, pues reduce los niveles de estrés y produce beneficios cardiovasculares, entre otros.

    Sin embargo, distintas culturas y corrientes filosóficas han ido más allá y han dado tanta importancia a la respiración que la han relacionado directamente con el Espíritu.

    Algunos ejemplos son los siguientes:

    Desde la antigüedad se han utilizado en varios idiomas palabras que significan “aire” o “respiración”, o palabras relacionadas con estos significados, para referirse al Espíritu.

    La palabra “Espíritu” proviene del latín spiritus (respiro, soplo) y ésta, a su vez, del latín spirare (respirar).

    En hebreo, una palabra que se utiliza para referirse al Espíritu es Neshamáh (respiración, hálito); se refiere al “hálito de vida” insuflado por Dios al ser humano para convertirlo en ser viviente según lo expresa el Génesis (capítulo 2, versículo 7).

    En la antigua Grecia se hablaba del Pneuma (viento, aire en movimiento) como el “Espíritu del Universo”. El filósofo presocrático Anaxímenes afirmaba que el Cosmos estaba en una respiración permanente, que el Aire es el principio de todo, que nuestro Espíritu es Aire y ese Aire nos mantiene unidos a todos en Espíritu. Según los estoicos, el Pneuma es el Espíritu o Aliento Vital que llena, ordena y rige al Universo.

    Según un mito hinduista, estamos inmersos en una especie de Respiración Cósmica; de manera que cuando Dios “exhala”, surge el Universo; mientras que cuando “inhala”, es absorbido el Universo; y así sucesivamente por siempre.

    Uno de los sutras más importantes del budismo es el Anapanasati Sutta (el Sutra de la Atención a la Respiración), el cual contiene las instrucciones necesarias para la práctica de la meditación basada en la atención consciente a la respiración; este tipo de meditación y la disciplina que conlleva se consideran indispensables para el progreso espiritual.

    Podríamos concluir entonces que tanto los modernos como los antiguos nos invitan a respirar de manera consciente y adecuada para estar en sintonía con el Espíritu, para nuestro bienestar general y para estar en armonía con el Universo.

Símbolos

Edén, Paraíso, Cielo…

    Según el Génesis (capítulo 2, versículo 8), Dios puso al primer hombre y a la primera mujer en un lugar llamado “Edén”, específicamente en un huerto o jardín (el “Jardín del Edén”), en hebreo Gan Eden (el Jardín de las Delicias).

    En la Septuaginta (versión griega de la Biblia) se empleó el término paradeisos (que en griego significa “huerto”, “jardín”) para referirse al “Jardín del Edén”; paradeisos pasó luego al latín como paradisus y posteriormente al castellano como “Paraíso”.

    Tradicionalmente, algunas religiones y corrientes espirituales nos dicen que el “Cielo” es una especie de dimensión o plano de existencia en el cual solamente hay paz y felicidad eternas, y al cual van las almas puras. En ocasiones, también se utiliza el término “Paraíso” con este significado.

    Sin embargo, todos estos términos pueden también referirse simbólicamente a un estado de Conciencia Espiritual, de Plenitud y Unidad con Dios.

    Adán y Eva representan al ser humano puro, pero ingenuo, inconsciente. Ese ser humano, que fue “expulsado del Paraíso”, ha tenido que padecer el sufrimiento propio de la existencia humana y tomar conciencia del mundo; ahora, de manera consciente, debe iniciar un proceso integral de disciplina y purificación que le permitirá luego “retornar al Jardín del Edén”, ir al “Cielo”, al “Paraíso”, es decir, alcanzar el estado de Conciencia, Plenitud y Unidad antes mencionado.

Glossarium

Persona

    Esta palabra proviene del latín persona, que significa “máscara de actor”, “personaje teatral”; proviene, a su vez, del etrusco phersu y este del griego prósopon (aspecto, rostro, cara). “Persona” era el nombre de las máscaras que usaban antiguamente los actores de teatro, las cuales –además de tener expresiones llamativas– ayudaban a los actores a proyectar mejor la voz; por esta razón, se dice también que la palabra “persona” proviene del latín per-sonare, que significa “sonar a través de”.

    Carl Gustav Jung en alguna ocasión señaló que cubrimos nuestro verdadero rostro (nuestra esencia) con la persona, es decir, con la “máscara del actor”. Y Calderón de la Barca en sus obras La Vida es Sueño y El Gran Teatro del Mundo nos da a entender que no somos realmente quienes creemos ser, sino que interpretamos temporalmente un personaje en este “sueño” o “teatro” en el cual nos encontramos.